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lunes, 13 de agosto de 2012

Aprender de los niños



Fui a un recital de música infantil el 17 de julio en el Picadero. No la pasamos bien. A modo de compensación, los organizadores nos invitaron a un nuevo espectáculo. Transcribo la carta en la que cuento lo ocurrido: 

Gracias, ante todo, por el ofrecimiento. 

Tardé en responder por varias razones: en primer término, porque no estábamos (ni mis dos hijos ni yo) en Buenos Aires y, luego, el regreso de las vacaciones se nos hizo por razones diversas un tanto complicado. 
Pero, por otra parte, lo que pasó durante la función de Pescetti (martes 17 de julio) fue para nosotros tema de conversación en más de una ocasión... y a veces es bueno tomarse un tiempo para reflexionar, para pensar antes de responder. Quizás para ustedes esto resulte irrelevante, y hasta lo entiendo, pero espero comprendan que para mí (que además de madre soy docente) todo acontecimiento en el que dos niños son protagonistas resulta, de una u otra forma, una oportunidad para aprender. 

Resumo brevemente lo ocurrido: 


Tenía 1ra fila, había sacado las entradas en efectivo, en la boletería del teatro, al poquísimo tiempo en que se pusieron a la venta. Ese mismo 17 dudé hasta último momento en ir porque el más chico había estado la noche anterior con fiebre. Salimos una hora y cuarto antes de Mataderos pero el tránsito ese día (cuándo no) era un trastorno. En el viaje jugamos a no ponernos nerviosos: practicamos canciones, contamos algunos chistes, los chicos repasaban los carteles mientras yo les contaba de Teatro Abierto y que ese lugar, el Picadero, había sido incendiado durante la dictadura ... Llegamos al teatro una vez iniciado el espectáculo. Se nos permitió el ingreso. La sala estaba llena. Las butacas correspondientes a las entradas que había pagado estaban ocupadas. Las acomodadoras o responsables de sala dijeron: "Está ocupado ahora" "No puede sentarse ahí" "Usted llegó tarde" "No vaya" "No se meta" "Tenemos otra ubicación acá cerquita". (A esa altura no me hubiera extrañado que además preguntaran: "¿Saca usted a su niño con fiebre?" "¿Pagó el monotributo?" "¿Trajo la fe de bautismo?"). Sospeché que no me iban a solucionar el problema. Entre un tema y otro me acerqué a las butacas, en las que estaban sentadas dos niñas y una señora. Me acerqué a la mujer pero no hablé con las niñas (no tenían la culpa de nada: ni del teatro ni de su madre ni de haber llegado tarde o temprano). Intenté hablar con la mujer, explicarle, pero dijo: "A mí no me importa. Con vos no hablo". Al parecer, sus asientos también estaban ocupados cuando llegó, entonces optó por lo que muchos: "Si a mí me cagan, yo cago a otros". Casi entiendo el razonamiento, aunque no lo comparto. 

¿Qué hacer? 

La gente de alrededor empezaba a impacientarse, miraban de reojo, chistaban. Mezquinamente entendible, ¿no?: chistaban quienes habían pagado sus entradas, estaban cómodamente sentados y no querían perderse ni una palabra del artista del momento; chistaban porque así hacían valer su derecho-a-no-ser-molestados. 

¿Qué hacer?

Aunque quería, no insistí. Persistir en el reclamo iba a resultar un escándalo. Tenía razón, pero el costo de una exposición hubiera sido mayor que perder las butacas. 
Entonces nos sentamos en la escalera: mis hijos, yo, los rulos de Simón, los carteles, las camperas, la mochila, la bufanda de Galileo, las figuritas, el libro, los guantes, todo junto y amontonado como si tuviéramos que darnos calor por tanto hielo. 
Allí nos quedamos todo el rato. Sin duda, el fuego de la música funcionó. El arte siempre es salvador. 
Hacia el final del show, alguna de las responsables del espectáculo se acercó, se disculpó, explicó, recalcó que no había habido ni mala intención ni sobreventa de entradas, y me ofreció entradas para otro show. 

Como reparación ante una injusticia, agradezco el ofrecimiento. 
Ahora me entero que Pescetti vuelve a tocar, y ese es el show que -considero- correspondería compartir con mis hijos. 

Yo no sé qué habrán aprendido los otros chicos que estaban ese día. Aunque suene raro, a mí me enorgullece que los míos hayan conocido el Picadero. Experimentaron (porque vivenciar es otra forma de aprendizaje) la vergüenza y la bronca, la aceptación y la alegría. Tal vez hayan aprendido que aun teniendo razones a veces es mejor el silencio. También supieron del ofrecimiento de ustedes, y aprendieron que siempre hay formas de reparar y vale la pena apostar a la confianza.

El domingo 26 de agosto volvimos al Picadero a ver a Pescetti. Gracias. Estuvo genial. 

lunes, 2 de abril de 2012

mensaje en una botella



palabras que navegan un mundo y otro
dicen la alegría 
de saber que estás en tercer año

espero que andes bien, 
que te bajonees solo en las películas
y que la realidad vaya adoptando
poco a poco 
la forma de tus sueños


jueves, 29 de marzo de 2012

Los salvajes

a los alumnos de 3º 2ª
Creen que son:
feroces como hienas
audaces como zorros en la noche
            como lobos en la nieve
bellos como cisnes en lagos encantados de cuentos con hadas y príncipes azules
sensuales como pavos reales
furiosos de colores, andar incandescente
inmortales como héroes
                como estatuas
                como imágenes divinas.

Hay quienes los prefieren
bien quietitos como peces en sus jaulas
mariposas encerradas en un cuadro
o pingüino embalsamado y atrapado adentro de un museo.

Los he visto
aletear blancas las alas
                                  colibríes
imaginar paraísos submarinos
como pez nacido en cautiverio
hacedores de un misterio coralino que se arrastra en lo profundo
abrazar alegrías como pulpos
y cazar cucarachas como gatos
ahuyentar lluvias / ratas como gritos /
despedidas /serpientes como miedos / la pobreza.

Vendrá un tiempo
en que la tierra será de ustedes, los salvajes,
y no habrá cauces en los ríos
manera ni cerrojo
que contenga la embestida.


con Mechi, pura compañía

jueves, 29 de diciembre de 2011

puf


Lo esencial es invisible a la gente lameculos, porque ni siquiera es capaz de olfatear la deshonestidad que exhala.



endurecerse se parece a veces a decepcionarse, a no esperar, a dejar de confiar (a no confiar tanto, para que la desilusión duela menos). Y si el objetivo es desafectarse, seguramente en esos casos perdamos sentires (deseo, ganas y hasta ternura).
No sé cuál es la medida para medir los lazos que establecemos con otros, pero sin duda el objetivo es construir relaciones más sinceras.

sábado, 15 de octubre de 2011

una torre

El que compró alumno, recibirá torre;
el que compró torre, recibirá alumno.

De costado y sin mirarme, anuncia su nombre:
- Soy Torres. Pablo Torres.
Con el golpe de la indiferencia, expone el desafecto y la costumbre.
Acepta la escritura pero no hay caso: 
no hay huella, sentido o cercanía que narrar.  

Ante mí, una torre
remota y displicente
de apenas 25 años.
¿Qué príncipe se oculta? ¿qué héroe ilusionado?
¿guerrero herido o poeta temerario?
¿Qué ladrillos levantaron los cimientos?
¿En qué tiempos comenzaron los encierros?
(al niño Torres ¿lo atrapaban en la escuela?
al joven Torres ¿lo cercaba el desamor?)

Ante mí, una torre
intrincada y entrañable 
que me invita.
Tan próxima está que busco palas, armo picos,
catapultas de palabras recobradas
imagino cercanías, parecidos,
mecanismos que derriben las paredes, escaleras, las sospechas. 
 
Atalaya de los sueños:
fijá un hito que señale dónde descubrir la calle, la tierra, el mar.
Dulces 25:
arrasás la indiferencia con tus ojos de ver más.

sábado, 1 de octubre de 2011

Vuelos


VOLAR

Yo los vi venir
desde el cielo hacia aquí
Yo los vi llegar
desde lo inmenso hasta mí

Y cuando brillaron
cuando flotaron, 
comprendí: 

que pueden volar
y pueden soñar más alto
que pueden jugar
y pueden saltar tan alto...
tan alto como el sol

Los gardelitos

domingo, 14 de agosto de 2011

Sueño Nº 5

Estoy con otra profe. Viajamos en subte. El medio de transporte es, sin embargo, bastante particular: esos carritos que usan los mineros para ir de un lado a otro bajo tierra. El túnel, las paredes rugosas de barro o piedra, los rieles.
No manejamos nosotras sino que hay una fuerza que nos lleva. Es como en el tren fantasma: la expectación, la ansiedad, la sorpresa.
Pero voy en subte. En un estación nos avisan "no va más". Nos bajamos para hacer combinación, aunque ya es imposible continuar con el recorrido. 
Dejo mis bolsos a un costado, sobre un mostrador. Esos objetos y yo pasamos por detectores de metales.
Tomo mis cosas y subo la escalera que me lleva a la calle.    
¿Dónde voy?
Busco en los bolsillos. No tengo ningún plano ni papel ni dirección que señale un lugar preciso.
Caigo en la cuenta de que no conocía el lugar de arribo. Tenía solamente un viaje y confiaba en que esa travesía me llevaría a destino.
Pero de golpe el viaje se corta.
Y ahora el desconcierto o el fastidio de no saber a dónde ir.

jueves, 16 de junio de 2011

Voces que aciertan




Opciones, decisiones, sueños… ¿Qué pasa cuando dentro de lo correcto no encontramos lo que deseamos? ¿Qué pasa cuando lo que deseamos no coincide con el tiempo que tenemos?






TACHÁ LO QUE NO CORRESPONDA


Un amigo hermano padre anciano vecino sintió gritó exhaló corrió miró mató bautizó creó deslumbró vislumbró con su corazón piano luz agua mirada perfume un día de lluvia sol abril con muchos rayos árboles espectros malditos compañeros tiros. En esos tiempos todo era muy gigante hermoso espantoso brillante sofocante paulatino sensual aterciopelado cruel suave monótono y su pecho corazón bote planta mapa sillón ojo reloj caja cajón nudo figura se llenó de odio sonrisas emoción miedo incertidumbre libertad sangre dolor sensaciones amor juventud frío en el mismo instante en el que se maquillaba dormía burlaba snetaba convertía caía moría olvidaba enamoraba encantaba maravillaba para después ser eternamente de piedra madera bronce caramelo goma seda miel besos abrazos concreto yeso mentira.

Como un dardo, 
voz de: Alma de día

viernes, 22 de octubre de 2010

La lista de regalos que un alumno sí puede hacer a una profesora

Como si fuera una docente ajena que se enfrenta a una prueba escrita, ya había recibido demasiadas "frases confusas" de algunos y "comentarios inadecuados" de otros, cuando vino Claudio esa mañana y me ofreció una Rhodesia.
-Es para vos -me dijo-. ¿Te gusta?
-No, gracias -contesté-. No me gustan las obleas.
No sé qué explicación dio él respecto del regalo ni yo del desafecto. Pero lo cierto es que al otro día lo trasladaron a un pabellón lejano y anduvo como diez días sin venir a la escuela. En ese tiempo me pregunté cuáles eran los regalos que quería de ellos, y así es como armé esta lista.



Ni obleas
ni frases hechas
ni corazones.
Galletas saladas, aladas, de agua que pasa, que clama, que calma.
Palabras de hada, que empujen y abran: vacíos, tormentas, cerrojos.
Palabras ñeri que transiten escalones, y suban y bajen,
que acompañen, que apuesten:
al aire, y lo ganen
al todo y lo pierdan,
al miedo y empaten.
Palabras que abracen sentidos, lenguajes de afuera o adentro
que estallen vidrios fraguados, distancias virtuales.
Dos historias, una suerte, ningún éxito.
Un vacío pero no de espanto ni riqueza ni aburrimiento;
sí el silencio que llega después de la sorpresa,
la sorpresa que viene de la alegría,
la alegría que explota
tan inesperada
en mitad del aula.

... ¿te imaginás?: ¡Un millón y medio de margaritas lloviéndonos en la cabeza!
¿como cuánto es eso, eh?

Claro que recibo regalos.
Ob-vio.
Así que: vamos con esa.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Mudar

Hoy es un día soleado. Va llegando la primavera.
A dos días del mediodía del sábado, del golpe en la reja, la espera y el éxito a 70 pasos de la puerta.

Yoshiro Tachibana

¿Así te recibió la calle, díscolo tigre:
puro aire limpio, domingo con siesta, ojitos al sol?
caminás ¿por dónde?
Recuperando qué: ¿miedos? ¿maneras? ¿sensaciones?
y de qué modo: ¿atolondradamente? ¿de a sorbos sorpresa? ¿cercana alegría? ¿tibia tristeza?
¿Ya viste a tu gente, amigos, amores? ¿recorriste todos los lugares? ¿te abrazaron tiernamente? ¿te esperaban?
¿pedís? ¿corrés? ¿ahijás?
sentís más ¿el perfume? ¿el silencio? ¿la sonrisa?

ganas ¿de qué?

jueves, 2 de septiembre de 2010

Beneficio personal. Imágenes de hoy

Le dije a la coordinadora si podía, con cautela y siempre que la ocasión no resultara desubicada, entregarle una carta al ministro sobre el estado deplorable de la escuela de mi hijo.
Me dijo que a ella no le parecía que se usara el espacio del Cens para beneficiar a otra escuela particular, que ella no lo haría con la escuela de sus hijos.

Eso dijo: beneficio personal.

No hubo clases en el Módulo I.
Sí en el Módulo II.
Sólo yo tenía que ir al Módulo II. Así que fui y di clases hasta las 11.
Con Martín y Fernando, que iban en representación del II, fui hasta el I, donde se hacía el acto.

En el II no hay ventanas. La escalera, el hueco, es todo con rejas y, como en un aula tampoco hay puertas, hay un chiflete que ni te digo.

El esposo de la coordinadora habló durante el acto de quienes no conocen de horarios de trabajo. De quienes trabajan las 24 horas del día. (y de la noche, pensé).
El esposo de la coordinadora mencionó, claro, a su esposa coordinadora.

Sergio me dijo:
-¿No me da ese boleto?
Tenía puesta la mochila, y del bolsillito sobresalía el papel.
-Claro-, le dije y se lo di.
-Con este me voy en libertad-, me dijo.

La coordinadora puso, en la ventana de la biblioteca, el nombre de todos: los profes y los alumnos, los actuales y los que no están, porque salieron en libertad o porque fueron trasladados.

Lejos de formalismos y menciones lacrimógenas, Sergio y Pachu me cargan, me dicen que ahora no me saludan, porque trabajo en el módulo II y me olvidé de ellos.

Seguía el acto y yo charlaba, reja de por medio, no sé bien con qué alumno. Siento que me llaman de atrás, me golpean la espalda. Era el ministro, que se iba y quiso saludarme con un beso. Ocasión ideal para invitarlo. Elijo tratarlo de vos: 
-Fijate si te das una vuelta por el Módulo II, que empezamos a trabajar la semana pasada.
-El próximo lo hacemos ahí-, mintió.

Beneficio personal. Las golosinas del cumpleaños de mis hijos. Beneficio personal. El mate para poder subirlo a las aulas y compartirlo con los alumnos. Beneficio personal. Las galletitas. Beneficio personal. Los poemas. Beneficio personal. Acomodar en los estantes de la biblioteca primero lo de las otras materias. Beneficio personal. Ir a las clases de computación para hacer la revista, para el blog.
Todo eso, claro, sólo para un beneficio personal.

-Usted tiene que estar ahí-, me decía Fer. -¿Por qué está acá atrás, si tiene que estar adelante de todos?
Yo estaba atrás de la reja, atrás del mundo, atrás de los penitenciarios, atrás del llanto de la coordinadora (que trabaja las 24 horas del día y las 24 de la noche), atrás de todo.
No le contesté.
Pero cuando lo vi a Sergio que seguía sosteniendo el boleto como si de verdad fuera su pase a la libertad, lo miré fijo y le confesé: 
-Yo no necesito ver. ¿Sabés por qué? Porque estas imágenes me las llevo en el corazón.
Él seguía cargándome con lo del módulo II y todo eso. Pero yo le decía:
-Escuchá bien porque cuando hablo en serio, hablo en serio. No necesito ver porque me las llevo en el corazón . Y esas son imágenes que no se olvidan.

De la clase de la primera hora, qué bien me cae Castelli. 
-Este infierno es encantador- cantaba hoy.
Una cosa es segura: no somos indiferentes. 

Pregunté a un alumnos sobre Adrián. Me dijo que no era más su rancho. Y que estaba vago, que por eso estaba faltando a la escuela.
¿Vago? 15 años le dieron. 
Voy a pasar por la reja o por el pabellón para hablar con él. Me lo prometo. Beneficio personal, como quien dice.

viernes, 13 de agosto de 2010

Viernes 
no es noche de brujas ni mañana de mierda.
Es el día en que me entero que Juan salió en libertad.
-Y justo ayer habló conmigo- le dije a los que estaban en la sala de maestros.
-Mirá vos.
-Me dijo que no sabía qué había pasado, que tal vez se había equivocado, pero que él no tenía nada en contra mía, y mientras me decía eso me mostró las fotos de su hijo.
-Ah!, pero entonces no solamente te habló... además te dijo todo eso.
-Ajá. Y ahora me entero de que salió en libertad. Qué suerte. Qué suerte para él. Pero qué suerte para mí también. Porque tengo la suerte de haber cerrado algo que no había quedado bien, tengo la suerte de que me haya hablado antes de irse, de quizás no verlo más. Qué alegría. Es doble.
Al rato la profesora Bergamota decía que estaba indignada con la noticia...
-Y cómo querés que esté ¡si estaba por asesinato! ¡Y dicen que no hubo pruebas!
Y el profesor Salchichón le seguía la onda:
-Parece que se cargó como a diez.
-Pero ¿no creen que si hubiera matado a tantos seguiría en cana? Porque... convengamos que los únicos que matan a muchos pero a muchos MUCHOS y no van en cana son los que tienen mucha MUCHA guita.
-En este país, no me extrañaría-, cerró impertérrita.
Pero no. Me equivocaba: al instante volvió a la carga:
-Ese sale y en la esquina ya mata a uno.
¿Qué podía decirle
sin putearla
sin mandarla a la mierda
sin explicarle que eso era un prejuicio
sencillamente porque era un juicio de valor anticipado
ya que ella no sabía siquiera si Juan había pisado en ese mismo instante la esquina?
- Si fuera él, yo me alejaría un poco ¿no te parece?

domingo, 6 de junio de 2010

miércoles, 12 de mayo de 2010

tiempo

Tranquilo, pibe... ¿qué apuro tenés, si estás preso?”, te había dicho.

Qué otra cosa podías escuchar.
No entiende, tipos como ese no entienden de apuros
creen que el tiempo es una cosa para perder o una cosa para matar
porque no entienden nada de pérdidas ni de muertes.
Qué querés...
qué pueden entender,
no saben que el apuro viene de las ganas
de la pasión
de no acostumbrarse
de luchar para que sea distinto
de que no te cansás
ni siquiera con tanto maltrato
con tanta desconfianza
nada de eso te hace retroceder o confiar
en que la cárcel pueda ser un lugar más amable.

Y en el fondo:
qué suerte
porque a veces yo sí siento que me canso
y empiezo a desacelerar
y sospecho de mi forma mis ideas mi tenacidad
y hasta por ahí intuyo que tal vez gente como esa tenga razón
y que quizás sea cierto o certero eso de que no hay apuro
porque total no hay nada que realmente cambie o duela o se mueva o respire o valga la pena.

Así que
qué suerte que tenés apuro
aunque preso
gritando
no aceptando simpatías anhelos complicidades
porque entonces se enciende
otra vez
la sensación
de que no hay tiempo para matar.

Claro que estamos
apurados
porque el tiempo de
la inacción es
el de la derrota
el de la comodidad
el del aburrimiento
el de la costumbre.


Y ni vos ni yo tenemos tiempo que perder.

jueves, 25 de marzo de 2010

Envuelve
la magia, el calor, la fantasía
contagia
lo real, lo absurdo, lo imaginable
entrega y devuelve
se des
prende.
Como si fuera pura emoción o puro amor
como si fuera todo lo que necesitamos hoy
como escondiendo el mañana. 

MR

lunes, 14 de diciembre de 2009

devolución 3

(ahí, en él, mudan)

Pasan:
la desconfianza primera, el descrédito,
dos sillas de por medio la distancia,
mirada o cuchillo o unas cuantas palabras a la fuga.
Vienen:
como una explosión la risa
y una boca que no calla,

que no adula,
que no filtra.
Llegan:
las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades *
la sorpresa de un apodo, de un encuentro
y como siempre sin rumbo sin camino
rabiosamente
las voces más bonitas.

Todo eso encuentra:
magia o puente como cielo
espacio insospechado

fisura
rendija
y se abre paso hasta llegar a destino
aún en los lugares menos pensados.

* verso del poema "La poesía es un arma cargada de futuro" de Gabriel Celaya.

viernes, 13 de noviembre de 2009

devolución 2

break it

No se necesita:
ni el grito desbocado
ni el golpe de un insulto
ni risa de cartón, mirada engañosa o pensamiento mezquino
tampoco aventuras terribles de grandes héroes victoriosos
-¿vengadores de qué?-
con finales que tal vez siempre terminen igual.

Para ser valiente
apenas alcanza con el susurro de una risa,
tomar lápiz y papel con los que garabatear penas o deseos
y ejercer
tan humildemente
el acto de tomar la palabra
para decir
-como tierno abrazo-
lo que sentimos.

lunes, 12 de octubre de 2009

visita


Como palabras perforadas
hilitos de aire que apenas van corriendo
y atraviesan corredores pasillos suben bajan escaleras
o saludan en otro idioma en otro barrio en otro olor
y arman techos con telas
¿para qué?:
para que
por un día
el cielo sea de otro color.

sábado, 19 de septiembre de 2009

LA LECTURA COMO CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD





Quisiera empezar esta exposición contando una práctica que recogí hace unos años, como profesora en el partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires. Elijo comunicar la experiencia y luego (o mientras tanto) compartir con ustedes algunas reflexiones e interrogantes surgidos a partir de ella.


Las escenas que traigo hoy aquí se desarrollaron durante las horas de Lengua en un curso de chicos y chicas que en ese momento tenían unos 15 años y que pasaban casi todo el día en el colegio porque se trataba de una escuela secundaria con orientación técnica. Los chicos venían de familias de clase media-baja o baja; la mitad de ellos vivía en la villa que nacía donde terminaba la escuela y la otra mitad, del otro lado, en un barrio de casas humildes. Casi el 50 % de los alumnos eran inmigrantes provenientes de países limítrofes.


A principios de junio (unos tres meses después de iniciado el ciclo lectivo), propuse en ese curso leer un monólogo muy breve del dramaturgo Julio Mauricio, llamado “Datos personales”, en el que la protagonista cuenta sus vivencias a partir del recuerdo de una entrevista en la que le solicitaban estos datos: nombre, dirección, estado civil… Para los que no lo conocen o no lo recuerdan, considero importante destacar cómo está estructurado el texto:

1º: pregunta sobre sus datos personales
2º: pensamiento o reflexiones de la protagonista
3º: respuesta.


Es decir, ante una pregunta (-¿Domicilio?-, por ejemplo), nos encontramos con un extenso párrafo en el que la protagonista cuenta, como en una conversación cotidiana, cómo es su casa, por qué vive allí, en qué situación, con quiénes comparte la vivienda… Y recién después aparece la respuesta (el domicilio propiamente dicho): breve, concisa y se resume en dos o tres palabras. Por lo tanto, los lectores somos una suerte de receptores privilegiados, que conocemos a la protagonista por lo que no dice en la entrevista formal, la conocemos por lo que calla. En una primera lectura del texto, en clase se dijo que no hay nada más impersonal que un cuestionario hecho sobre la base de los datos personales, que bien sirven para identificar pero no nos permiten conocer a la persona.
Más allá de los objetivos curriculares, cuando lo elegí me interesaba que el texto oficiara a modo de presentación, y que los alumnos produjeran, a partir de él, un texto similar, que podía referirse a un personaje de ficción, inventado o extraído de obras leídas con anterioridad, o a una persona de carne y hueso.


De 25 chicos, solo uno ficcionalizó el escrito y lo hizo a partir de un personaje de la televisión. Otro escribió sobre un familiar suyo. Todos los demás adolescentes produjeron escritos a partir de sus propios datos personales. Recuerdo particularmente el caso de una chica, Patricia, que reprodujo con absoluta fidelidad sus datos en las respuestas, pero en los pensamientos aparecía, a través del uso magistral de la ironía y de la metáfora, una versión parodiada de su propia vida, con valerosos caballeros pibes chorros, serviciales lacayos que bajaban de un patrullero y un yacuzzi en mitad de las casillas. Lamento no haberme quedado con una copia, porque así dicho parece bastante trágico pero el texto era en verdad muy muy gracioso.


Pero no es ese el escrito al cual hoy quiero referirme en particular. Como les dije recién, casi todos los jóvenes eligieron contar su realidad, hicieron aparecer algo que podríamos llamar su propia vida. Se me ocurre que esos resultados tan “realistas” no hubieran sido tales si planteaba el ejercicio un primer día de clases; sin duda esos tres meses de encuentros a través de textos literarios propiciaron un encuentro más íntimo con la lectura y la escritura, y de ahí la participación que los alumnos me hicieron de sus historias.


De lo que quiero hablarles es del trabajo de un chico al que podemos empezar llamando David: así figuraba en las listas, así lo llamaban sus compañeros y así se llamaba a sí mismo. Su texto comenzaba poniendo en cuestionamiento aquello que casi ningún otro cuestionaba: el nombre. Cito:


Me preguntó:
-¿Nombre y apellido?Y yo pensé que mis padres habían elegido un nombre pero después me lo cambiaron cuando hicieron los papeles del documento. Entonces les dijeron que acá Dilvert no era un nombre y que mejor me llamaran David, que era parecido. Yo no tengo ningún compañero que se llame David y Dilvert hay uno pero en otro salón. En mi casa me dicen David porque mis padres dicen que ahora soy David. A veces todavía ellos se confunden y llaman ¡Dilvert! pero yo los entiendo igual… Pero mejor le digo lo que está escrito en el documento, a ver si cree que miento.
Entonces le dije:
- David Hinojosa.”


Cuando, en la puesta en común de estos trabajos, un compañero le preguntó cómo quería ser llamado, el alumno dijo que en su casa siempre le decían David, que cuando le decían Dilvert era porque a sus padres se les “escapaba”, pero que a él no le molestaba que lo llamaran así, porque él era un nombre pero también era el otro y que, por lo tanto, podía ser nombrado de cualquiera de las dos maneras. Así fue como, aunque las listas dijeran otra cosa, la mayoría comenzamos a llamarlo Dilvert, todavía me pregunto si para acompañarlo en la búsqueda de un nombre propio o para llevarlo a un cuadro de esquizofrenia agudo…


Más allá de cualquier especulación, lo cierto es que este joven comenzó, a través de la lectura, a interrogarse sobre su identidad: ¿cuál es mi nombre?, ¿qué dice acerca de mí?, ¿por qué me llamo de una manera y no de otra? quizás hayan sido algunas de las preguntas que se hizo al momento de escribir. Pero interrogarse sobre la identidad no es solamente hablar sobre uno mismo, sino también de aquello que nos rodea y que nos da sentido: los orígenes, la patria, la familia, la sociedad. De esta manera, en las palabras de Dilvert resuenan otros interrogantes: ¿qué dice mi nombre de quienes lo eligieron? ¿qué otras voces hablan a través de él? ¿quiénes son los que me rebautizaron? ¿qué relación tengo con ellos? ¿qué dicen con ese nombre impuesto? ¿qué intentan callar? Sin duda estas preguntas no están dirigidas solo al muchacho sino que también nos interrogan a nosotros (docentes, padres, estudiantes, ciudadanos) porque problematizan instituciones (el registro civil, por ejemplo), cuestionan conceptos (como el de nacionalidad) y se manifiestan justamente en la escuela, un espacio público (y van quedando pocos: la escuela, la plaza…) que se empeña por desenmascarar la desigualdad.


Así fue como David desenterró su propia historia. Sus padres, bolivianos como él, le habían puesto Dilvert. Su familia llegó a la Argentina cuando él ya era un niño. Cuando comenzaron los trámites de obtención del DNI, su identidad fue puesta en cuestionamiento desde el registro civil, donde un funcionario dijo que “Ese no era un nombre en nuestro país”, y amablemente ofreció a los padres que cambiaran el nombre del chico por uno distinto, que a los oídos del funcionario sonaba “parecido” y con seguridad bien argentino: David. De esta manera es como llegamos a la escuela, en donde para todos él era David. Hace un rato dije que la escuela pública denuncia que existe la desigualdad. Debería aclarar que lo hace a pesar de su afán homogeneizador. 


¿Qué encontró Dilvert en los textos? En primer lugar, podríamos hablar de identificación: la lectura hizo posible el encuentro de Dilvert con la protagonista, quien de alguna manera piensa, actúa o siente como él. Pero quizás sea más importante lo diferente: el descubrimiento de que otras vidas, distintas a las que aparecen como exitosas en los medios de comunicación, también justificaban una lectura; el reconocimiento, a través de la palabra escrita, de que algunos personajes (que para otros podrían parecer insignificantes) tienen algo para decir. Y además, como dijimos hace un rato, Dilvert encontró en la literatura lo que se le negaba en la realidad: su primer nombre, el verdadero; entonces la escritura le permitió poner en palabras lo que sus padres callaban porque veían como un error.

Después de seis meses de este trabajo, casi a fin de año, Dilvert me dijo que a sus padres les parecía bien que se hablara en la escuela de “estas cosas”. Como podrán imaginar, quedé atónita ante semejante confesión, y le pregunté (debo reconocer que con un poco de miedo: una nunca sabe qué barbaridad pudo haber dicho) a qué se refería, si les había comentado los trabajos que habíamos hecho… Pero él me dijo que había hablado más o menos, que en realidad no había hablado, sino que les había leído. Entonces me explicó que todos en su familia trabajaban en costura en su casa y que un día, reunidos todos en su casa como estaban trabajando, él les dijo que podía leerles algo, y entonces leyó. Y leyó las dos obras de teatro que habíamos visto en el año, algo sobre los derechos de los jóvenes, textos escritos por él, unos artículos aburridísimos, algunos cuentos… Y que de ahí, de esas lecturas, había salido esto de que sus padres le habían dicho que “hacían bien en la escuela que hablaban de estas cosas”.


Las últimas reflexiones que quisiera hacer tienen que ver con el valor de la palabra, sobre todo de la palabra escrita. Reflexiono, antes que nada, en el valor de la palabra David (y a esta altura, si alguien de los presentes tiene ese nombre, pido mil disculpas). David es palabra escrita: vale porque es el nombre que está en un papel; en tanto documento, se supone garantiza la pertenencia al lugar en donde se vive e instaura la legalidad que los padres quieren para su hijo (la que diferencia, justamente, los inmigrantes legales de los ilegales); pero ese nuevo orden (ese papel escrito) clausura un pasado, borra orígenes, olvida deseos y miedos paternos, desvanece nacimiento y  desarraigo, anula el viaje y la huida de la pobreza… Nada de todo eso dice David. David es el presente de conflicto: la negación del pasado y la confrontación consigo mismo y con su familia.


Pero hay otras palabras escritas, sin duda más personales y esperanzadoras, que son las que Dilvert leía (por qué no pensar que lo siga haciendo) en su casa a sus familiares. Y las destaco porque él resaltó el valor de esas palabras que, aun antes de pronunciadas, habían sido escritas: “Yo no hablé con ellos, yo les leí”. Reconstruyo esa escena de lectura: un grupo de personas, trabajando, un adolescente leyendo apuntes escolares y textos literarios, escucha que invita a la evaluación posterior… Los que trabajamos en docencia o en promoción de la lectura podríamos preguntarnos qué decían esas palabras, cómo aseguraban la atención de los oyentes… Sin duda las palabras del hijo devolvían la propia historia (por qué no pensar que ahora eran ellos, los padres, los que se encontraban en las palabras del otro), otorgaban la posibilidad de ver el mundo con una nueva mirada, los enfrentaba con lo incierto, con lo complejo… ¿Qué otra cosa persigue la literatura, no?


Cito a Graciela Montes: "La imagen que tenemos de nosotros mismos -eso que llamamos un poco pomposamente identidad - se ha ido construyendo a lo largo de los años y siempre a través de los otros. No ha sido en situación de monólogo, sino en diálogo con el otro -y con 'lo otro'- como hemos llegado a armarnos nuestro propio cuento". Retomo la escena recién evocada: trabajadores, lectura, adolescentes, padres, escucha, evaluación, lectores, oyentes… y me permito hacer en voz alta tres interrogantes: ¿Cuántos escenas de construcción colectiva de sentido somos capaces de evocar? ¿Qué espacios de circulación pública de la palabra propicia nuestra sociedad? ¿En qué medida la escuela garantiza la inclusión de la diversidad y el derecho a la palabra? 

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sobre brujas queribles y reinos más o menos lejanos


La siguiente exposición consta de dos partes: en la primera, me propongo hacer una breve introducción al tema del sexismo en la literatura infantil, con referencias concretas a relatos tradicionales y a la construcción de las figuras del príncipe, la bruja y la princesa. En un segundo momento, analizaré estos mismos personajes en cuentos actuales que abordan la cuestión de género desde una perspectiva distinta.
Antes de entrar específicamente en el tema, podríamos interrogarnos acerca de por qué hablar sobre literatura y género. Dos cuestiones conviene aclarar al respecto: por un lado, el carácter fundacional de los relatos tradicionales en la formación lectora. Es a través de esas primeras narraciones (leídas o escuchadas) que los sujetos nos vinculamos con el mundo que nos rodea. Los cuentos infantiles cuentan una historia pero, al hacerlo, también trasmiten normas sociales y culturales, formas de relación esperables o condenables, pautas a seguir o transgredir. Este es uno de los modos en que se internalizan, durante la niñez, los roles que los seres humanos jugamos, ya adultos, de manera más o menos fija. Por otra parte, considero que la cuestión de género debe abordarse de manera transversal, a lo largo de las distintas etapas de la vida, dentro o fuera de la escuela. Así, pensar hoy la literatura infantil quizás nos permita orientar el análisis no solamente hacia los más pequeños sino también como una oportunidad de mirarnos a nosotros mismos en tanto docentes -algunos en formación- que encaramos estas cuestiones en nuestras clases, -nos guste o no- como resultantes de una larga serie de naturalizaciones.
En rigor, estas ideas surgieron hace un tiempo, cuando participé de unos encuentros con un grupo de maestros de primaria que se juntaban (y se juntan todavía) a debatir diversos temas propios de la tarea. En aquella oportunidad, se discutía acerca de la diferencia entre las brujas tradicionales y (lo que en ese momento se dio por llamar) las brujas "posmodernas". Las tradicionales son las malas malísimas, feas y oponentes necesarias de héroes y heroínas de cuentos como Blancanieves; las brujas "posmodernas", en cambio, están representadas por criaturas más bien graciosas, a las que en varias ocasiones su brujería les juega una mala pasada, y que no son tomadas demasiado en serio ni por protagonistas ni por lectores.
En medio de estas discusiones vino a mí un libro (ya clásico) de Graciela Cabal, llamado Mujercitas, ¿eran las de antes?, que en su momento editó el Quirquincho y, más tarde, Sudamericana. A riesgo de ser redundante (el análisis del sexismo en la literatura infantil debe tener ya como 50 años), hago los comentarios siguientes con la idea de sumar temas o miradas a la cuestión “brujas”.
Por lo general, en estos cuentos los hombres son fuertes y valientes, reyes que gobiernan sabiamente y príncipes aventureros que cabalgan en corceles, escalan torres imposibles o atraviesan bosques atestados de peligros. Mientras tanto, adentro de casas o castillos, las mujeres cosen (o al menos lo intentan, porque varias encima lo hacen tan mal que terminan pinchándose), se miran obsesivamente al espejo, cocinan pócimas o guisos y suelen pasar años acodadas en las ventanas a la espera de.
¿Qué representaciones sociales acerca de las mujeres reproducen los cuentos tradicionales? Ellas se dividen en dos tipos: las malas, feas, viejas y envidiosas que cobran entidad en brujas o madrastras (y que podrían pensarse como antecedentes directos de los chistes “de suegras”); y las buenas, lindas, tiernas y obedientes, muchachitas dóciles en alma y cuerpo (encima son flacas) o princesas "con gracia" (léase "agraciadas o agradables", nunca divertidas). Pienso en la abnegación de Cenicienta (que cae en desgracia al morir el padre y recibe la salvación de manos de un príncipe) y en la pasividad desesperante de la Bella Durmiente (algún sueño inquietante debe haber tenido esa muchacha en toooodo ese tiempo, quiero creer).
Estos relatos hilvanan una serie de conductas sociales acerca de lo masculino y lo femenino, una suerte de modelo y antimodelo de lo que significa ser hombre o ser mujer. Por su enorme carga valorativa y la insistencia en su reiteración, son modelos que se van rigidizando y se convierten en estereotipos. En el muy muy lejano mundo de los cuentos de hadas, las malas son altaneras, odiosas, vengativas, traicioneras y de mal talante; las princesas, dulces, adorables y tan buenas como hermosas; los príncipes, gentiles, astutos, fuertes y hasta sabios. Pero estos roles trascienden la ficción y, en nuestro tan cercano mundo de las cotidianidades, obligan a posicionarse también a los lectores: si los príncipes son valientes y audaces, también deben serlo los niños; si las princesas son frágiles y están permanentemente desprotegidas, similares características se esperan de las niñas.
También en Hansel y Gretel (por poner otro ejemplo), se repiten modelo y antimodelo de lo esperable en una mujer. Gretel es la acompañante, "la hermana de", una niña obediente que no solo acata órdenes de sus padres sino también de la bruja o de Hansel (ella es la que llora mientras él es el que propone soluciones; ella se asusta, en cambio él tira piedras o migajas en el camino). Del lado de las condenables, están la bruja fea y chicata (que seduce a los niños para comérselos) y la madrastra despiadada que embrolla al marido para que se deshaga de sus hijos (y que tanto recuerda a Eva, esa otra que “le llena la cabeza” al hombre para no estar sola ni en el error ni el castigo). No hay término medio en la representación de la mujer: actúa su papel de agresión o de sumisión; según sea culpable o víctima, hace daño o lo sufre.
¿Cómo llegamos del maniqueísmo de los cuentos tradicionales (en el que las brujas eran indudablemente representación de todos los males del mundo) a los relatos más modernos plagados de princesas valerosas y brujas que no asustan prácticamente a nadie? ¿Qué gana y qué pierde el mundo infantil con estas modificaciones? Y, lo que resulta más pertinente: ¿de qué modo impactan estos cambios en la cuestión de género?
En primer lugar, es necesario señalar que los estudios realizados sobre el sexismo en la literatura infantil trajeron como consecuencia la irrupción de una “nueva” literatura, empeñada en correrse del ámbito de lo moral y apartar a la mujer del estereotipo de abnegación. “Sobre todo ha habido un cambio en la representación del mundo -señala Teresa Colomer- ya no cuentan los mismos temas ni existen los mismos personajes del siglo pasado, la literatura se ha modernizado y ajustado a los tiempos que corren”. Entonces empezaron a proliferar princesas audaces, caballeros temerosos o miopes y brujas despistadas. El resultado no siempre implicó un salto cualitativo. En literatura, cuando la intencionalidad es más fuerte que la historia, pierde el texto porque a los lectores sólo les queda aprobar o negar (lo cual supone más una actitud consumista que creadora); así es como hay cuentos infantiles que se acercan al panfleto, a la falsa insurrección y otros directamente al ridículo. En cambio, cuando se impone el artificio literario, ganan también quienes leen el texto, porque el sentido no está del todo cerrado y son los lectores quienes terminan de construirlo. Michèle Petit opina que a veces los textos que más nos conmueven, que más nos interrogan sobre la propia existencia no son los que hablan exactamente de nuestra realidad, los que se refieren de modo explícito a un tema determinado (denominados “relatos espejo”) sino aquellos que postulan un desplazamiento: es la trasposición, la metáfora la que permite dar sentido, tomar distancia y cambiar el punto de vista.
En segundo lugar, hay una objeción interesante que se puede plantear en relación a estas relativizaciones de los personajes tradicionales. Al disipar con figuras ñoñas las representaciones de la maldad, corremos el riesgo de que niños y niñas se pierdan en la indeterminación de ‘lo bueno un poco malo’ y ‘lo malo no tan feo’, y que la carga fuertemente simbólica de estos primeros relatos, se diluya o desaparezca. Horacio Cárdenas, uno de los maestros que abogaba por la defensa de lo tradicional, sintetizaba su postura de esta manera: “La Bruja es rejunte, mezcla y hervor de noche y oscuridad (lo desconocido, lo innombrado), de magia y hechizo (capricho de las reglas del mundo) y sobre todo de vejez, corrupción del cuerpo: el paso del Tiempo; es decir, nada menos que el horror ante La Muerte. ¿No es demasiado pronto desestereotipar estos paradigmas en la primera infancia? Si lo malo no está donde la imaginación histórica de la humanidad lo puso (en una bruja, un ogro, un cruel vampiro) ¿dónde está? –bien podría preguntarse el niño–”.
Aunque este riesgo existe, también es cierto que en la repartija literaria de maldades, purezas o acciones, algunos han salido más favorecidos. Graciela Cabal escribía: “Se sobreentiende que estamos haciendo burdas simplificaciones de un material riquísimo, de profundo simbolismo. (...) Pero atención: también es cierto que estas dulces y tontas niñas son, de alguna manera, modelos de identificación. Entre los personajes de los cuentos tradicionales no recuerdo ninguna sastrecilla valiente que pueda matar siete de un golpe (sean moscas u hombres), ninguna niñita tan animosa como para despanzurrar gigantes, ninguna gata con botas que se las ingenie para conseguirle a su dueña, la marquesa de Carabás, no digamos un reino, con príncipe y todo, sino, aunque más no fuera un mísero ranchito. Y decididamente no existe en estos cuentos ninguna princesa rosa o azul -tanto da- de besos capaces de despertar a la vida a bellos príncipes durmientes”. Por eso creo que romper con ciertos estereotipos, como los que asocian bondad a belleza (y a UN tipo particular de belleza) o vejez a maldad, no está tan mal. Tal vez algunos de estos relatos más nuevos, menos estereotipados, interroguen sobre un tema fundante de la vida: la identidad. La pregunta: ¿quién soy? / ¿qué soy? también despierta otro gran temor: la incertidumbre frente a qué espera la sociedad que yo (hombre, mujer) sea.
Y en relación con esto, acerco algunas escenas de lectura referidas a tres libros distintos: uno de brujas, otro de príncipes y otro de caballeros y princesas.

En el primer caso, se trata de ¿Qué crees? (V. Goodman, FCE). Página a página, cada ilustración hiperrealista se cierra con un interrogante sobre las características de la protagonista. Mientras que a lo largo del libro se refuerza el estereotipo (vestido negro, sombrero, gato, nariz prominente...), el texto final sorprende por lo inesperado: esta bruja NO es mala. Tuve la oportunidad de leer este libro con varios grupos y los resultados fueron distintos. Por lo general, los más chicos resisten en sus creencias y, aunque vacilan ante el poder de la palabra escrita, sostienen el estereotipo: "si es una bruja, es mala".
Pero en muchos casos (sobre todo con chicos de 3ro o 4to para arriba) los comentarios fueron del tipo: "No es una bruja, es un hombre disfrazado", "Es tan fea que parece un hombre", "No puede ser, ¿es un hombre?", "¡Es un travesti!". Es decir, para ellos la tensión no estaba puesta en que la bruja fuera buena o mala, sino en su identidad sexual. Yo creo que bien vale, entonces, esta bruja posmoderna que expresa el miedo frente a lo inclasificable.
El segundo libro se llama Rey y rey (ed. Serres), donde se cuenta la ansiedad de la reina por conseguirle pareja a su hijo, quien luego de un desfile de candidatas, elije al hermano de una de ellas, el príncipe Azul. Leí este libro a unos chicos de cinco años. Aunque empezaron cuestionando el título: "¿Cómo 'Rey y rey'? ¡Te equivocaste! Debe ser 'Rey y reina', ¿no?", después se dejaron llevar por la trama y no discutieron ni la historia ni el final. Me permito presuponer que, de haberlo leído a un público de más edad, las repercusiones hubieran sido otras. De hecho, las resonancias entre docentes fueron del estilo: “¿Te imaginás si se lo leo a mis alumnos? Al otro día tengo un batallón de padres”. Observemos en el comentario que ubica el cuestionamiento en el mundo adulto, y no en el de los niños. Un dato respecto del libro: este cuento fue incorporado en Inglaterra en un programa piloto cuya temática es “Educación e integración” y está dirigido a chicos de Jardín y Primaria.

El tercer texto es de Keiko Kasza y se llama "El caballero y la princesa". En la historia, después de leer un cuento tradicional, los protagonistas (dos amigos, Dorotea y Miguel) deciden jugar al caballero y la princesa (es decir, representar los roles que habían leído en el cuento). Lo interesante es que no es la lectura la que trae el conflicto; a ellos no les molesta que en el cuento el caballero sea valiente y la princesa asustadiza. El problema surge cuando tienen que poner el cuerpo (el real, el de cada uno) en esos personajes. Y la primera objeción, por supuesto, la hace Dorotea: "¿Qué hay de malo en que la princesa salve al caballero?"; ella no cuestiona el nombre o el personaje sino las funciones que realiza, las acciones; quiere ser una princesa, pero de ningún modo quedarse fija en un lugar, esperando ser rescatada por otro. Miguel, en un primer momento, no accede; pero hacia el final de la historia, la resolución llega cuando descubre que es más divertido turnarse.
Por último, quisiera hacer un comentario sobre El Libro de los Cerdos, de Anthony Browne. En este caso no hay caballeros ni brujas ni princesas, pero es tan claro el abordaje que se hace de la cuestión de género, que vale la pena detenernos un minuto en él. El cuento parte con la exacerbación del estereotipo del hombre activo y la mujer sumisa: los varones (el Sr. De la Cerda y sus hijos) son los que están afuera de la casa, pero aparecen desacreditados por la exageración (“importantísima escuela”, “su muy importante trabajo”), por los verbos que señalan sus acciones (comer, gritar) y por la inercia frente a la TV. En el otro extremo está la mujer quien, aunque también trabaje afuera, está sentenciada al mundo de las tareas domésticas. La historia cautiva porque se cuenta a través de dos lenguajes: el de las palabras y el de las imágenes. Por ejemplo, la invisibilización de la mujer está acompañada por una paulatina metamorfosis de los varones en cerdos, y estos procesos acontecen simultáneamente en el plano del texto y de la ilustración. Hacia el final de la historia, el conflicto se resuelve a favor de la alternancia de tareas: “Desde entonces, el señor De la Cerda lava los platos (...) Todos ayudan a cocinar y Mamá a veces compone el coche”.
Una aclaración que tiene que ver con el papel de la literatura y el “uso” que muchas veces hacemos los docentes de ella. Textos como los que hemos visto podrían tentarnos para “trabajar un tema”: la explotación de la mujer, el trabajo invisible, los roles estereotipados en los grupos, etc. No olvidemos, sin embargo, que con la literatura (con la buena literatura, al menos) no se trabaja un tema (y no porque sea una prohibición, sino porque siempre algo se escapa); es decir, no sirve para; no es el propósito de lo literario, por ejemplo, educar en valores. La literatura está. En todo caso, somos los seres humanos los que hacemos -o no- algo con ella, como cuando aceptamos el desafío de pensar nuestro ser en el mundo a partir de una película, un cuadro o un libro. No es el de Anthony Browne, sin duda, un texto inocente; casi podría decirse que el tema se impone a los demás aspectos de la obra. Pero aun cuando la historia parezca bastante cerrada, la combinación entre lo verbal y lo visual permite situar al lector en un rol creativo: algunos niños “hablarán del tema”, otros se fascinarán con el intercambio de roles pero más como una anécdota que como una verdadera revolución, muchos buscarán en los dibujos los detalles de la pronta metamorfosis y algunos discutirán con la figura de un padre que trabaja pero no protege.
Para terminar, no quisiera que estas palabras suenen a lo políticamente correcto (ahora las brujas deben ser buenas; las princesas, malas; las lindas, negritas, gordas y proletarias). Si bien al principio decíamos que los cuentos tradicionales refuerzan los estereotipos, también es cierto que forman parte de nuestra cultura, y no por negarlos vamos a modificar mágicamente las condiciones materiales de hombres y mujeres de la época en que fueron escritos o en que se leen. La propuesta sería, en todo caso, sumar variedad al repertorio, mirada atenta a la selección y voces a la discusión. Así como la problemática de género nos atraviesa, permitamos que aflore en cada uno de los debates que surjan en nuestras aulas, sin condenar a los textos literarios a ser leídos como lo que no son. Parafraseando a una gran escritora de la literatura infantil argentina, Laura Devetach, quizás esa sea la mejor manera de propiciar modelos más flexibles, que nos permitan movernos (yo mujer, yo cabra, yo caballo o yo rana) en uno u otros mundos con mayor libertad.
Cubierta delantera
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CABAL, Graciela Beatriz. Mujercitas ¿eran las de antes? y otros escritos. Buenos Aires. Sudamericana, 1998.
COLOMER, Teresa. La formación del lector literario. Madrid. Ruiperez, 1998.
PETIT, Michèle. Apuntes de la conferiencia dictada en el seminario “Relaciones entre literatura y niños en riesgo”. Universidad de La Matanza, abril de 2009.